Cómplice, cuernos sin culpas

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Toma Moreno

Cómplice, cuernos sin culpa
Autor: Nazareno Cruz
Categoría: infidelidad

Cuando la causalidad nos convierte en cómplices, y ésta, en partícipe para evitar ser testigos. Vieja estratagema de la cual objetivamente decidí ser arte y parte pues el beneficio prometía premios que de otro modo no hubiera podido conseguir. Pero… toda historia siempre nos deja una enseñanza, también en esta.
Para no darle largas al asunto, voy a contar como fueron las cosas…
Desde la adolescencia tengo una entrañable amistad con el matrimonio formado por Raquel y Domingo, conozco a esta pareja desde el mismo momento de su presentación, sus primeros encuentros, noviazgo y padrino de su casamiento.
Hasta aquí todo había servido para afianzar y profundizar una armoniosa, profunda y leal amistad, pero… y sí! Siempre hay un pero que altera casi todo, también en este caso se cumplió. Fue hace poco tiempo que necesitaba entregar una invitación para mi amigo Domingo, que concurrí a su casa, la puerta cancel del jardín estaba sin cerrar como muchas veces, me llegó al porche para golpear los nudillos sobre la puerta, una y otra vez pero nadie me responde. Puedo escuchar la música pero nadie responde a mi llamado, en un primer momento pienso que deben haber dejado la tv encendida y hayan salido, pero… en tercer golpear de la puerta puedo escuchar voces.
Aguzando un poco más el oído y escucho con nitidez la voz de Raquel que menciona un nombre que no es el de mi amigo, no se si por la sorpresa o por accidente me apoyo sobre el picaporte de la puerta y ésta se abre…
Para mal de todos se abre justamente cuando acierta a cruzarse Raquel, totalmente desnuda y tras ella un tipo también desnudo que la tiene abrazada desde atrás y con el miembro perdido entre sus nalgas.
La sorpresa de ambos al vernos nos dejó sin palabras, solo atiné a decir no sé que disculpa y salirme de la escena, poner las manos con las palmas abiertas como para evitar alguna explicación o lo que fuera y me salí de la casa.
Precisamente esa noche me llamó Domingo para invitarme a cenar, algo por demás frecuente.
La cena transcurrió como siempre, solo que esta vez me estuvo contando de sus logros en ventas en su reciente viaje de un par de días antes. Nada fuera de lo usual, salvo cierta ansiedad y nerviosismo de Raquel, creo suponer que estaba pendiente de que pudiera ponerla al descubierto por la situación harto comprometida en que la sorprendí por esa accidentada visita.
En un aparte, en la cocina de la casa me agradecía por no haber contado nada de lo sucedido, se le notaba que no sabía como agradecerlo, más aún todo el encomiable esfuerzo por saber cómo debía retribuir el silencio cómplice.
Por favor Raquel, nada de nada, todo bien. No pasó nada, no tengo memoria.
Pareciera que mis dichos habían obrado el milagro, devolverle la sonrisa, hasta creo que mis palabras la hubieran embriagado más que dos o tres copas del vino que estábamos consumiendo. Salvo esa exteriorización no pude notar alguna otra cosa fuera de lugar en su actitud, bueno… solo que el beso en la mejilla de la despedida no era como siempre, hasta me pareció que el abrazo era más apretado, tanto que cuando llegué a mi casa podía sentir el sabor de su perfume pegado en mi piel, obviamente pensé que todo era fruto de mi imaginación.
Dos días más tarde se viene a mi casa, con un pastel que misma había cocinado para mí.
Este pastel fue preparado con estas manos (y las muestras a modo de prueba fehaciente) para mi amigo, que
supo guardar el silencio que solo los amigos pueden hacer. Pero como buen amigo, esto solo no es el pago, traigo más para agradecerte tu silencio. – Como había dejado el pastel sobre la mesa, ahí mismo se desató el lazo del impermeable y como en una película erótica, se abrió y me mostró su cuerpo totalmente desnudo, resaltaban el hermoso par de tetas y el vello púbico que cubre la conchita, prolijamente recortado.
La visión me robó las palabras, no podía dar crédito a mis ojos que se están llenando de mujer, de esa mujer que vuelve más deseable, la hembra inalcanzable por ser la de mi amigo ahora está ahí, delante de mí, ofreciéndose como obsequio, como premio al prudente y leal silencio. No puedo ni me importa mucho ahora si pretende comprarme o agradecerme, la visión de tremenda hembra turba mi entendimiento, todo se vuelve deseo y lujuria, no siento otra cosa que ganas de poseerla, de meterla en ella, de hacerla mía.
Pero aún con todo eso en ebullición no atino a qué hacer, qué decir, cómo actuar, solo esperar que ella de el primer paso.
Luis, no tengo otra cosa más que ofrecerme yo misma. Sé que te agrado, que te gusto, te he visto en más
de una ocasión mirarme las piernas, el culo y las tetas, y una mujer no se equivoca, sabe bien distinguir cuando esa mirada dice que el tipo siente verdadera calentura por una, podía sentir como me comías con la mirada, como te sentías impedido de saltar y cojerme por tu amistad. Pues bien, en vista de las circunstancias, de la buena predisposición que tuviste hacia mí, que seguramente no lo sabes pero tu amigo últimamente ni me toca un pelo, por eso el otro día me pescaste cuando un amigo me estaba cojiendo, como tú me agradas y yo necesito, creo que está todo dicho no?
Qué más decir, si lo había dicho todo ella y claro como el agua, puesto blanco sobre negro, había mostrado todo el juego, exhibido las miserias de su vida conyugal, entendí que más que compensar un silencio cómplice estaba buscando al amigo para que le ayude a sobrellevar una pareja, que le pueda dar el sexo que Domingo le retacea por alguna razón que desconozco.
No esperó a que saliera de mi asombro me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.
Vamos, todo esto es tuyo – mientras deja caer el impermeable y se va delante de mí, subida en sus zapatos
de taco aguja, meneando su cintura, preludio de un concierto de deseos con vibrantes contrapunto de sexo en medio del atronador retumbar de la pasión.
Mis sentidos solo funcionan para tentar, sentir su carne, percibir las caricias que abandona en mí, aspirar el perfume de su piel húmeda, escuchar los gemidos de satisfacción, ver su cuerpo inclinado en adoración sobre el mío, gustar el sabor que extrae de mi verga. De pronto, es como si todo se hubiera borrado de mi mente, solo ella y estas instancias es lo más que puedo sentir, la razón no alcanza y la pasión se me desborda, tengo la sensación de que cada acto se vuelve puro, cada suspiro está cargado de sentimiento, cada minuto que transcurre son sesenta segundos más de permanencia en el paraíso. Puedo sentir que el mundo ha dejado de girar para nosotros.
Siento que habito el mejor de los mundos, un privilegiado del destino, siento que sus ojos se han apoderado totalmente de mi persona, que su mirada se torna diabólicamente centelleante y apasionada, lujuriosos sus labios, brasas ardientes sus caricias, me dejo peder en su intensa mamada de verga, cuando de pronto se corta ese momento de delirio y magia, deja de mamarme.
Es el momento de sentirla dentro mío. Te sentí al borde de acabar, ¡te necesito acá! – señala su vagina.
Hábil como pocas pudo tomar conciencia y tener el control de suspender la sensual mamada en dos oportunidades cuando sintió que esta a punto de venirme en su boca por el delicioso contacto.
Consumida por la lujuria del momento, abandona el recato, afloja del abrazo y se tiende de espaldas, las piernas abiertas ofrecen el camino del desahogo carnal, su cofre de placeres está dispuesto, separa los labios vaginales hasta que asomó la deliciosa hendidura, tallada en nácar rosado, aguardando ser visitada.
Puedo escuchar el silencio, sin levantar la cabeza, dispuesto al sacrificio en la comunión carnal del sacerdote mientras me van ganando los impulsos de su ardiente naturaleza despertados en la inminencia del acto.
El osado sacerdote, se inclina complacido ante la ofrenda carnal, dispuesto al sacrificio. La extraordinaria sensualidad de la naturaleza hecha hembra para entregarse a satisfacción de los deseos del macho con increíble deleite, ya no quedan lugar para pensamiento, los hechos hablaron por sí mismos.
Entrada triunfal al cálido recinto lubricado de deseo, deslizando mi sexo en la urgencia pasional, de un solo golpe llegar al máximo que permiten los límites de los cuerpos, abrazo y gemido fueron los halagos recibidos en la entrada triunfal. Las bocas de cada quien se esconden en el cuello del otro, sentimos el fragor de la calentura que nos consume a fuego lento.
En este momento celebré la pausa que impuso cuando me sacó de su boca, de otro modo me habría impedido el disfrute prolongado que ahora estoy gozando.
Los pies casi enlazados en mi cintura le permiten elevar la pelvis, colaborar en la penetración intensa, los movimientos convulsivos, intensos y caóticos nos pierden en sus vericuetos pasionales, turban la razón y enrarecen los sentidos. Deambulamos en un mundo de sensualidad y lujuria, perdidos en la nebulosa de la intensidad y fragor del bombeo continuado dentro de su ardiente conchita.
De nada me sirvió desviar la concentración, la urgencia de la carne se impone perentoria y exige una reparación a tamaña calentura.
Raquel sabia en leer los gestos del macho, presiente que me está llegando el momento supremo, cuando la calentura turba la razón y todas la prevenciones.
¡No pares! ¡Sigue, sigue, fuerte…! ¡Acaba dentro… dentro mío!!!!
Sus palabras sonaron a trompetas de gloria, era el más maravilloso sonido que mi carne podía haber escuchado, dejarme ir dentro de ella era como entrar al séptimo cielo y tocarlo con las manos. – ¡Ah, ah, AHHH…..!
Fue lo más que pude decir cuando la copiosa acabada fluyó de mis entrañas para llenar las suyas. La abundante cantidad de esperma parecía estar en relación con la proporción de mi abstinencia y su ansiedad, fue el momento liberador de los deseos prolongados e intensos convertidos en una descarga efusiva.
¡Cómo vas?
Fue la pregunta que me surgió luego del delirio de la efusiva y copiosa venida dentro de ella.
¡Acabé! Fue cuando te venías dentro mío, esa leche caliente me arrastró el orgasmo.
estaba tan… tan… no sé como decirlo… -Caliente dijo ella – Sí.. sí eso, tan caliente que mi propia
calentura me hizo perder el sentido de todo, solo podía estar en la leche que salía de mí…
Nos besamos, seguía enlazada a mi cintura, no quería que me saliera de ella, gustaba sentirme dentro, ajustado en su carne. Podía sentir los tardíos latidos de su orgasmo, sorprendente perfección en su técnica, presiona con mayor energía que antes la menguante rigidez del dardo de carne. No quería salirse, quería sentir la espada de mi carne envainada en su estuche sensual.
Calmos y disfrutando del clímax resultante, sin palabras, solo sentir, cada quien ensimismado disfrutamos ese instante de goce que deviene de un polvo tal exigente como el que acabamos de de vivir.
Raquel yacía boca abajo, viajando por el delirio del intenso orgasmo. Coloqué mis piernas a ambos lados de ella, ahorcajado sobre sus nalgas, mis manos se aferran convulsivamente a la almohada que ahora reposa bajo su vientre, mientras el cuerpo de la mujer se proyecta hacia delante y eleva sus caderas para ofrecérseme franca y sumisa.
La penetración fue gozada, más calma, pero tan intensa como la previa. Se prolonga en tiempo y espacio, todo va tomando ritmo y la calentura asciende por la espiral que nos lleva de lleno al fragor de metisaca intenso y convulsivo, se contraen sus labios, aprieta mi verga, técnica eficiente que exige concentración para no dejarme llevar por esa forma de cojerme. Porque es ella quien gobierna las acciones, quien está conduciendo mi calentura, levándome a sensaciones inéditas.
Se mueve y agita, siempre hice gala de prolongar por mucho tiempo mis relaciones sexuales, pero con ella se me han quemado los papeles, los tiempos se acortan, la acción de la hembra reclaman la eyaculación, apremian el deseo y acortan el tiempo. Puedo sentir como la esperma generada comienza a emprender el camino hacia la liberación, la siento fluir desde lo profundo de mis riñones, un tropel de emociones se encaminan hacia el destino final: el orgasmo.
¡Por Dios ¡Toma! ¡Toma! – exclamé.
La boca reseca, labios entreabiertos, visión nublada solo me permitía vislumbrar la silueta de la mujer que poseía y entregaba mi semen. Entre gemidos y gruñidos entrecortados acabé un verdadero torrente de espesa leche dentro de la concha de Raquel. Seguí apretando mis rodillas contra sus caderas, elevando mi cuerpo por sobre el de ella, entrando más en cada chorro de semen, disfrute en la abundante enlechada hasta el último estertor con la última gota de semen regado.
El guerrero descansa sobre el dorso de la hembra servida con el semen del macho, dos humanidades en el más puro y primitivo de los placeres, el sexo a pleno, total y sin reservas.
Nuevamente me pide seguir encima de ella, prolongando ese placer que siente cuando el hombre que la hace feliz se queda prolongando su propio goce, acompañando su orgasmo tardío pero igualmente satisfactorio.
El reloj dijo que habían transcurrido casi cuatro horas desde el inicio, nuestro reloj biológico indicaba otras sensaciones. La despedida tan solo fue un hasta mañana, dicho desde el vano de la puerta, cuando anudó el lazo del cinturón del impermeable, llevándose en su mirada la imagen del reposo del guerrero tan luego de una ardorosa batalla.
Después de este encuentro se sucedieron varios, casi todos los días de esa semana estuvieron agitados por los encuentros de sexo con Raquel, tampoco faltó probar como era hacerlo analmente.
En todos los encuentros siempre campeó la lujuria y el deseo como expresión de máxima, buscando sacar lo más y mejor de nuestras ganas puestas en función del placer compartido. Justamente en una de las últimas veces Raquel llegó con la alegría exultante y las ganas tan explícitas que me dijo:
Luis, ahora es el momento de mi regalo. Bueno tengo dos… uno decirte que soy muy feliz y el otro te lo
voy a dar ahorita mismo.
Se colocó entre mis piernas, bajó los pantalones y sacó el miembro del boxer, arrodillada delante de mí, lo tomó en sus manos y comenzó a sacudirlo, despacio y sin dejar de mirarse en mis ojos, controlando cada gesto, cada gemido. Comenzó a mamarme, como siempre pero de otro modo, con otra intensidad, con otra concentración, con otro entusiasmo, de tal modo que prontito me llevó al límite de mi resistencia.
Apretaba por la base del pene para yugular y sofrenar la inminencia de la venida, técnica que repitió un par de veces hasta hacérseme insostenible, las manos tomando con fuerza sus cabellos le dicen cuánto.
Vuelve a mamar con renovado entusiasmo, sacude con intensidad y chupa con fruición, mis manos enredadas en sus cabellos atraen su cabeza para sostenerla ante la inminencia de lo previsible. Un bramido la previene, ella accede, sus ojos confirman que está dispuesta al recibirme, el final feliz se acerca…
– ¡Ahhhh! -Fue lo último que alcancé a pronunciar antes de venirme en su boca.
Raquel recibió la enlechada, la primera luego de dos días sin tocarla, copiosa y espesa. Comenzó a tragar uno tras otro los chorros que le inundaban la boca y resbalan garganta abajo. Mis gruñidos eran muestra evidente del glorioso disfrute que me proporciona venirme dentro de su boca, sigue chupando y apretando el miembro hasta que debe abrir la boca para no atragantarse y algo de leche se le escurre entre la comisura de sus labios.
Mis ocupaciones me tuvieron poco más de un mes fuera de la ciudad, ese mismo viernes compartimos la cena, llevé vino que traje del viaje y al momento de probarlo, el Domingo propuso un brindis, algo poco usual, entre la pareja había como un brillo de complicidad en sus miradas, un secreto privado tal vez?, develado en el levar de las copas… Luis, brinda con nosotros, por que… ¡vas a ser tío!
¿Cómo es eso?
Pues como es casi siempre, Raquel está embarazada.
Domingo la embocó por fin. – risas.
Momentos más tarde ella me daría un abrazote y beso, para coronar con un…
¡Gracias!, eres un gran tipo, vamos a ser padres y vos tío.
A buen entendedor…
Espero tu comentario y tus experiencias enriquecedoras para compartirlas.

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