Chocolate con churro lechoso

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Abella: La batidora cubana

Soy un cuarentón, con buena onda, siempre veo el vaso “medio lleno”, el lado positivo, militante incondicional de la alegría y el buen humor, abonado a la teoría de que todo lo que hacen los hombres es para conseguirse mujeres. Adhiero a la fidelidad flexible, algo acordado con mi compañera, luego de poco más de veinte años de convivencia y como forma de mantener la supervivencia de la pareja.
Dos décadas de fidelidad fue mucho tiempo, había llegado el momento de retomar algunas licencias de vida, solo era cuestión de tiempo y oportunidad, que sucedió bien pronto, cuando me llamó Eduardo.
Un entrañable amigo, él y su mujer se regalaron un viaje por la vieja Europa. Para su tranquilidad me dejó a cargo de su casa, de controlar y asistir a sus hijos, en cuanto hiciera falta. Con los muchachos tenemos una relación fenomenal, como de tío. Para los quehaceres domésticos estaba Lua, una negrita muy simpática. Lua es de raza negra, dominicana, joven y de buen ver, tanto de ida como de venida, buenas formas y firmes, con todo el ritmo sensual de su raza.
Desde que llegó al país, la casa de mi amigo fue la suya, uno más de la familia. Tan buena fue la relación que llegó hasta las sábanas, solo es un par de años mayor que ellos, por estos días está caminando sus gloriosos veintiún añitos. Los pibes (muchachos) se la vienen moviendo (cojiendo) hace buen tiempo, hasta hicieron un trío más de una noche que los viejos (padres) no estaban en casa.
Desde que el mayor de los muchachos me lo contó, comencé a mirarla con otros ojos, seguramente ella estaba anoticiada de que conocía las andanzas por camas ajenas y su actitud en mi presencia me parecía mucho más sensual y hasta arriesgaría que en algún momento a solas casi provocativa.
Las mujeres de raza negra para mí eran algo exótico, desnudas, sólo las vi en el canal porno y en el Natural Geographics, obviamente me gustan más las del canal porno. Buscaba la ocasión para poder regalarme con el espectáculo de verla solo para mi. Carácter afable, felina como pantera, andar cadencioso, tomo debida nota que me llevaba prendido al meneo de sus caderas.
Uno de esos días pasé para ver como marchaba todo, entré con mi llave, todo era silencio, parecía que todos hubieran salido de la vivienda, llego a la cocina para beber un poco de agua y me tropiezo con una Venus de ébano salida del baño, solo una toalla, envolviendo el cabello crespo.
Piel tersa, brillo mate, ojos casi verdoso, esmeraldas reluciendo en medio de la noche, labios carnosos y teclado de marfil que destella cuando reía. Pechos redondos, plenos, rematados en pezones gruesos y erectos, vientre plano y talle estrecho, suaves curvas y cadera firme, entre los muslos una espesura de vello enrulado esconde el sexo de mis ojos arrobador por tanta mujer seductora.
Pasmado, ante la perfección, prodigio del mejor escultor. Me sonrió, esparció la alegría de su risa y algunas gotas de agua al menearse delante mío.
¡Qué pasa! ¿Nunca viste una negra desnuda?
¡No!, y menos alguien como tu, eres la primera.
¿Y…, qué tal?
¡De diez! ¡Ja… un súper 10!!!! Y un… ¡Meritorioo Diez!!!
No se intimidó, más aún, demoró para mostrarse, lentamente se dirige a su habitación mirando sobre su hombro para asegurarse que fuera tras ella. Entré con ella, entendió mi curiosidad y la seducción producida, disfruta el momento, el poder que otorga ser distinta.
Seducción total, sentado en el borde de su cama soy espectador de como se vestía, extrema lentitud, gestos exagerados para crear ambiente, gira un poco para colocarse la tanga, de tal modo que cuando levantó el pie y lo apoyó sobre una caja, me exhibía en primer plano y a todo color el sexo entreabierto, el rojo nacarado brillante del interior resulta muy erótico en un entorno negro mate.
Sólo con esa prenda, se apretó contra mí, quedé entre sus pechos, besaba esas masas de color oscuro y aroma tan particular, pasaba de uno a otro sin parar, volaba de calentura sujetado de esos globos negros de sabor dulzón. Qué delicia sentirse ahogado entre sus mamas, besando el aroma de su piel húmeda, puso distancia entre mi cuerpo y sus carnes.
Arrodillada entre mis piernas, buscó el bulto que pugnaba por romper el jean, liberta la erección, emergió duro buscando consuelo en las palmas blanquecina de Lua, subir y bajar la piel hasta brotar de la uretra esas primeras gotitas de incontenible calentura. Empujé levemente la cabeza, la señal que espera, la metió en la boca, mamada increíble, sabia y eficiente como pocas, sabe como graduar la chupada para darme el mayor goce, consulta con los ojos y sigue mamando, derritiéndome de placer en esa caliente boca que se engolosina con el caramelo del amor.
Levanto la pelvis y aprieto de la nuca, me pierdo en la calentura, algo brusco y descontrolado, es una cojida bucal, con todo. En lo mejor de la situación escuchamos ruidos de llave que acciona la cerradura, los muchachos que volvían, empujamos la puerta de su cuarto para cerrarla.
Apremiados por la situación y mi calentura, apuró el trámite para hacerme acabar cuanto antes, aceleró la mamada. ¡Acabe!, varios chorros gruesos y espesos dentro de la cavidad bucal se llevaron mi calentura, mostró el contenido lácteo y luego tragó, en dos tiempos, esta acabada gloriosa.
Acondicioné la ropa, como pude y me hice ver diciendo que venía de la terraza. Al rato apareció la negrita, tomamos unas gaseosas y marché para casa.
Esa noche y otras más las pasé pensando en ese cuerpo y esa boca que mamó mi leche, los ratones (pensamientos calenturientos) enloquecían y excitaban a más no poder, hasta me costaba mantener quietas las manos para ajusticiarme por mano propia, quería guardar toda mi leche para cuando hubiera la oportunidad de darle con todo.
Visité con más frecuencia para ver como andaban las cosas. Llamé, nadie respondió, recorrí y nada, silencio, botellas vacías indicaban que hubo fiesta. La puerta abierta del dormitorio principal exhibía sobre la cama el cuerpo de Lua, de bruces, desnudita. ¡Qué buena está!. Se me paró el miembro.
Me acerqué, dormía agotada por el licor y el cansancio de la enfiestada. Sentado a su vera, acariciaba la espalda, sin moverse, seguí acariciando los muslos con suavidad, al separarlos y mirarle el hermoso culito, tan parado observé rastros de semen escurridos de la conchita, remanente de la fiestaza.
La calentura me pudo, desnudo, sacado de excitación, poronga en mano dispuesto a entrarla con todas mis ganas. Despacio como para no despertarla antes de tiempo, fui haciendo lugar con dos dedos dentro de la vagina, leve movimiento sensual como respuesta, seguí las caricias en la conchita, seguía dejándose hacer los mimos, fui por más.
Con el semen remanente y algo de flujo de la argolla unté el culito, suave, en círculos, dibujando con el lubricante el esfínter. Dormida y todo lo disfrutaba, no pude más, me coloqué ahorcajado sobre su culo, evitando despertarla y que frustrara esta enculada. Se la mandé por el culo, de un golpe, entré la cabeza, y me volqué sobre ella enloquecido de calentura.
La penetración la despertó, ensartada por mi vara de carne, imposible no sentirme cuando entra, un grosor que no todas aguantan con facilidad, movió como para salirse, lo impedí con el peso de mi cuerpo sobre el suyo, mis manos en los hombros la sujetan contra el lecho, mis rodillas aprietan y sujetan sus caderas, imposible zafar de la cojida
Hasta ese momento no quien la monta, por como se debate debió saber que no es alguno de los muchachos, solo pide suavidad.
¡Más despacio!, ¡me duele! –repetía quejosa.
Insistí en la enculada, todo adentro del orto, la cojida pintaba para muy buena. Lua giró la cara para ver quien la sodomiza.
Ya me parecía…, la tienes más grande que…
¿Estás bien?
¡Sí!, sólo dame despacio, menos violento, así… asíiii
Presentados, seguimos cojiendo, recorría el conducto anal, la cabeza gozaba del estrecho pasadizo. Con la mano por abajo de Lua asistía a la conchita para ponerla en carrera. Era una hembra muy copada (dispuesta), gozaba y dejaba gozarse, disfrutó de todo el pedazo bien adentro, que calentura nos agarramos ¡por Dios! Algo de no creer.
El movimiento fue vibrante condujo a una acabada tan emotiva como abundante, me dejó estremecido cuando le vacié todo el contenido de los huevos en el fondo del culo. No me salí, quedé todo duro, sin moverme, esperando que dejara de latir, prolongando el momento. Lo retiré casi tan duro como al entrar.
Lua me contó que los pibes prefieren irse a bailar bien cojidos, y que suelen regresar casi al medio día, bueno a la hora de comer maso…
Entonces… ¿podemos hacer otro?
Si quieres… ¿te quedan ganas?
¿Cómo?… ¡vas a probarlo ahora mismo!
Ahí mismo nos hicimos otro, por la concha y desde atrás, intenso y más largo. Luego un corto sueño reparador.
En la mañana, nos encamamos nuevamente, hasta me animé a chuparle la conchita, era más rico de lo pensado, atrás quedaron los prejuicios por la negras, esta era de primera, tan limpita, tan entregada, tan caliente como no imaginaba. Este orgasmo mañanero fue estruendoso, gritando de placer y satisfacción, acabamos casi juntos, quedamos abrazados después de acabar, sin levantarse, la concha con mi semen dentro del nido, como me gusta.
Este semen me sirvió para lubricar el culo y pegarle otra culeada atroz que la dejó bastante dolorida. Dejé el lecho donde le rompí el culo, satisfecha y dormida.
Hasta que volvió mi amigo de Europa nos seguimos enfiestando en la cama de él, después seguimos pero en un telo (hotel). Pero estas primeras veces, objeto del relato fueron las que me marcaron un afecto muy particular por las hembras de raza negra, perdiendo todos los prejuicios y les recomiendo a todos los que tengan oportunidad de cojerse alguna, que lo hagan, no van a arrepentirse y ¡Tan caliente!
Lua sigue cogiendo con los muchachos, pero dice que soy el que la hace gozar más, según su opinión, además es lo bastante estrecha para hacerme desearla cada vez más.
Me gustaría saber si alguna lectora de color me puede compartir alguna experiencia personal igual o parecida, para intercambiar y enriquecernos mutuamente, por otra parte también espero saber qué le ha parecido este relato que se llevó una parte de mí en cada línea, estaré ansioso esperándolas en mi correo.
¡Vivan las negras carajo!!

Nazareno Cruz

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